Había una vez un
bosque que se estaba quemando. Todos los animales huían de la terrible escena,
cuando de pronto un oso se encuentra con un colibrí que volaba hacia el
incendio, acarreando de un lago cercano la poca agua que le cabía en el pico
para tratar de mitigarlo. El oso le cuestionó la efectividad de su buena
intención, era imposible que con esa ínfima cantidad de agua pudiera extinguir llamas
de esas magnitudes, a lo que el colibrí le respondió que él sabía que no podría
resolver el problema, pero que estaba cumpliendo con su parte.
. . .
Tres grandes problemas en México (la pobreza, la
corrupción y la inseguridad) han encontrado una terrible consecuencia común;
han creado un incendio, revelando una vez más la ineficacia del estado para
cumplir con sus funciones más básicas, pero también la crisis de valores en las
que se encuentran diversos sectores de la sociedad mexicana.
La falta de gobernanza se hace evidente cuando los
grandes retos de un país coinciden en eventos particulares, que dan muestras
del desgaste de las instituciones y la urgencia de reformas de fondo, de
carácter intelectual e ideológico que permeen en todos los actores del
Estado.
En México, dicha coincidencia de eventos afecta
directamente a dos instituciones que han experimentado desde hace varios años
una fuerte carencia de credibilidad con respecto a la sociedad mexicana: los
partidos políticos y la policía.
De acuerdo con el Barómetro Global de Corrupción 2013
elaborado por Transparencia Internacional, 9 de cada 10 mexicanos perciben que
tanto los partidos políticos como la policía son instituciones altamente
corruptas (las dos con mayores niveles de corrupción en la medición).
Otros estudios como la Encuesta Nacional sobre
Cultura Política y Prácticas Ciudadanas 2012 (ENCUP) y la Encuesta Nacional en
Viviendas 2012 “México: confianza en Instituciones” de Consulta Mitofsky (CM)
reafirman la falta de confianza de los ciudadanos hacia las instituciones
mencionadas. De acuerdo a la ENCUP los mexicanos califican (en escala del 1 al
10) con 4.4 a los partidos políticos y con 4.3 a la policía. Mientras que en el
estudio de CM los partidos políticos tienen una calificación de 6.0 y la
policía de 5.9, ambos también en los últimos lugares de la medición.
Dichas instituciones son pilares de la democracia de
cualquier país. Si su imagen se ve afectada, como consecuencias de su falta de
sometimiento al sistema de reglas aceptadas (gobernanza), se compromete la
estabilidad del Estado. Ello puede generar desastrosas consecuencias si la población
decide tomar el control, desconociendo a las instituciones tradicionales del
poder público.
Para el caso de la policía el cambio que se pudiese
exigir debe ser vertical: de arriba hacia abajo. Es indispensable limpiar su
imagen mediante el diseño de mejores esquemas de operación, donde el elemento
en activo cuente con mayor discrecionalidad, que le permita seguir sus códigos
de conducta, siempre en apego a la protección del ciudadano.
En el caso de los partidos políticos, el tema es más
complejo, pues tienen que ganarse la confianza de la población, mediante la
“inspección” efectiva de sus militantes.
En este tenor, me parecen peligrosas ciertas
posiciones de algunos líderes políticos que afirman que “incluso los partidos
políticos están acorralados”, que no tienen capacidad de decisión, que están
entre la espada y la pared, son osos que
huyen del incendio.
Esta posición es riesgosa no por el hecho de que se “victimice”
a los partidos como actores que no pueden hacer frente a un mal manejable, sino
porque es poco inteligente. Los partidos políticos deben ser expertos en el
manejo del poder; deben ser responsables de sí mismos, deben tener capacidades
superiores más allá de la simple competencia electoral.
El hecho de que se victimicen buscando empatía de la
población no los hace más cercanos a la ciudadanía, sino más ineficaces. Para
el ciudadano es difícil pensar que las instituciones que contaminan al sistema,
quienes iniciaron el incendio, serán las mismas que resolverán este problema.
La tarea es más que complicada, pues se busca la
cura dentro de la enfermedad, sin involucrar a los ciudadanos, que pueden ser
los agentes que hagan la diferencia.
El grave incendio que está afectando a México no
podrá resolverse mientras que los actores del poder no se responsabilicen por
el actuar de sus organizaciones. La desconfianza a ciertas instituciones como
los partidos políticos o la policía ha sido una constante a la que no se le ha
dado una atención efectiva, evidenciando que la voz de la ciudadanía no genera
respuestas entre los actores del poder.
La tarea de resolver los grandes problemas de México
puede ser tan simple como escuchar las demandas de la población, más claro aún,
brindar una respuesta a los temas que le interesa a la ciudadanía, usar los
datos disponibles para implementar acciones.
Así de sencillo pero a la vez valiente debe ser el
rol de todos los actores que intervienen en el Estado. Si cada actor cumpliera
con su parte, se podría mitigar efectivamente el incendio, y aún más importante,
evitar que ocurra de nuevo.
*Envío un especial agradecimiento a Esnelda Dárdano
por compartirme la historia del colibrí y por comenzar el dialogo que motivó la
realización de esta columna.
© Ignacio Pareja Amador, publicado en diversos periódicos y medios
informativos en Latinoamérica. Octubre 2014
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