martes, 19 de agosto de 2014

De buenos y malos gobiernos

Gobernanza en un sentido tradicional significa tener la capacidad para gobernar y dirigir a la sociedad hacia un objetivo común. Aquello tiene como requisito indispensable el reconocimiento de un sistema de reglas que faciliten la interacción entre los actores del Estado.
Este concepto se ha enriquecido con los años debido al reconocimiento de nuevos actores con mayor poder de influencia, que en un buen gobierno, se sujetan a las reglas del juego, pues comparten un objetivo común con los encargados de la dirección del Estado.
Un objetivo que puede denominarse desarrollo social, crecimiento económico, paz y estabilidad o todos los anteriores, ya que éste es siempre multidimensional, buscando transformar aquellas condiciones que demanda la sociedad, en la voz de sus organizaciones.
En la literatura es ampliamente reconocido que a mayor gobernanza, o sea mientras mejores sean los mecanismos de organización de los actores que convergen en un Estado, se alcanzan mejores niveles de desarrollo, pues el mutuo acuerdo en objetivos y el respeto a las normas tienen como consecuencia mayores niveles de estabilidad, paz social y vínculos productivos, lo que posibilita a que los miembros de la sociedad se enfoquen en el mejoramiento de sus actividades individuales, además de permitir que el Estado atienda las demandas más básicas de la pirámide de necesidades de la población.
Por supuesto que este es un escenario ideal que difícilmente puede adecuarse a todas las interacciones que tiene el Estado con la sociedad. Sin embargo, esta estructura nos permite diferenciar entre un buen gobierno y un mal gobierno.
En un buen gobierno sencillamente nadie, ningún grupo actúa por encima de la ley, esto es, se respeta el estado de derecho. Si bien pueden existir desacuerdos entre los principales actores del Estado (gobierno, empresarios, asociaciones civiles, sindicatos, etc.) éstos se resuelven por las vías institucionales, sin afectar a terceros.
En este caso, el gobierno, independientemente de su ideología y corriente política, entiende que no hay una receta para atender todas las demandas de los diferentes actores del poder, pero sabe que cuenta con el apoyo popular porque ha cumplido con sus funciones más básicas: brindar seguridad, propiciar el crecimiento económico, atender a los estratos menos favorecidos, hacer cumplir la ley, y en el marco de sus políticas públicas; ser transparente y responsable con el uso de los recursos.
Para alcanzar este escenario el gobierno debe dar seguimiento puntual a los actores del Estado, saber quiénes son los grupos con poder y qué buscan, para invitarlos a participar con ellos en la planeación e implementación de las políticas públicas (concientizándolos sobre los límites y alcances de las mismas) antes de que algún descontento evolucione hacia algún esquema de desobediencia civil. 
Por el contrario, en un mal gobierno los actores del Estado actúan por encima de la ley, anteponiendo sus particulares intereses sobre los de la colectividad. El gobierno no hace cumplir la ley, lo que genera un fuerte descontento con la ciudadanía. Se comenten por parte de algunos grupos perfectamente identificados actos delictivos que afectan al comercio, se dañan los edificios públicos sin sanción alguna, se bloquea y deteriora el espacio público.
Lo más peligroso de este escenario no es la ineficacia de la institución estatal en el cumplimiento de sus funciones más básicas, sino la polarización de la población, que puede optar por apoyar a cualquiera de las partes, al grado de defender incluso actos vandálicos y ofensivos, olvidando que el desarrollo social no puede erigirse sobre la impudicia, y que el principal conflicto no es entre las bases, sino entre los dirigentes.
Por supuesto que se puede estar en desacuerdo con el Gobierno en turno, con sus políticas y acciones, de eso se trata la democracia, de enriquecer al Estado mediante la pluralidad de sus actores, pero si se pretende evitar la anarquía, se deben respetar las reglas del juego.
Si lo que se busca es alcanzar algún objetivo público (más recursos para escuelas, hospitales, mejores salarios, etc.) se debe convencer tanto a los actores en el poder como a los ciudadanos sobre la importancia de su demanda.
Mostrar este tipo de evidencia no es una tarea sencilla, requiere de reflexión, investigación y estudios formales. Ello significa demostrar con datos fehacientes y comprobables que el estado actual de las cosas no es el adecuado, y que en caso de que se cumplan sus demandas, se logrará resolver la situación de forma transparente para la sociedad.
En la democracia el poder emana del pueblo. Sin la venia de éste, ninguna organización, llámese gobierno, sindicato o empresa puede actuar de forma legítima. Si el interés del pueblo se ve afectado; si sus derechos se vulneran; si su tranquilidad se transgrede, podemos decir que hay un mal gobierno, y los malos gobiernos no pueden ser tolerados si aspiramos al desarrollo de una gobernanza democrática.


© Ignacio Pareja Amador, publicado en diversos periódicos y medios informativos en Latinoamérica. Agosto 2014

martes, 12 de agosto de 2014

Las transformaciones del poder

El mundo está cambiando a pasos agigantados. Muchos de estos cambios no son percibidos por el grueso de la población y desafortunadamente no son interpretados de manera adecuada por quienes toman decisiones en nuestros Estados y países, quienes no han entendido que una de las mejores herramientas para la transformación es la participación en el marco de un poder común. 
Hace un año, el columnista internacional Moises Naim publicó un libro que analiza justamente las grandes transformaciones del poder en el siglo XXI, titulado “The end of Power” (El fin del poder) en el cual expuso cómo ha cambiado la naturaleza del poder y su influencia en un mundo globalizado e hiperconectado.
El escenario que plantea Naim es complejo, ya que arguye que en el presente siglo los poderes tradicionales verán reducida su influencia frente a nuevos actores (pequeños y medianos) que tienen un mejor manejo de las herramientas de la globalización, y por tanto una mayor capacidad de persuasión e interacción con la población en general, que es el actor con mayor influencia en las democracias, de forma que el poder ha adquirido una variable dicotómica importante; es más fácil de obtener, pero mucho más difícil de conservar.
Hoy en día, vivimos en un escenario donde la sociedad civil es más crítica; donde el ciudadano del siglo XXI está más interesado y enterado de lo que ocurre más allá de sus fronteras. En estos momentos tenemos la mayor proporción y volumen de jóvenes que se haya visto en la historia de la humanidad; es también la generación más educada, más comunicada y con mayores redes.
En la actualidad, una persona vive en promedio más años, goza de mejores niveles de salud, está más educada, cuenta con mayores ingresos y tiene más tiempo libre para relacionarse con un mayor número de personas, lo que amplía sus aspiraciones y por tanto sus niveles de preparación profesional.
Sin embargo, hay que reconocer que vivimos en la era de la distracción, y que los distintos medios que nos permiten estar actualizados de los acontecimientos del mundo, como el internet y las redes sociales, son también instrumentos que pueden afectar nuestro rendimiento académico o profesional o en su defecto hacernos cómplices pasivos de lo que ocurre en el mundo. 
Las redes sociales por ejemplo, son útiles instrumentos de difusión para las campañas mediáticas, pero están lejos de ser elementos de presión determinantes para la resolución de un conflicto en particular: ¿Acaso un like en Facebook o un RT en Twitter contribuyen a la resolución de un problema o son simplemente muestras de un activismo virtual vacío?
Por otro lado, Moises Naim también expone en su descripción de los cambios en el poder durante el siglo XXI, el reconocimiento de que el Estado solo contribuye a la transformación social, mas no es un actor determinante de la misma. Millones de ciudadanos en diversas partes del mundo democrático saben que el poder estatal no es invulnerable, de forma que pueden identificar las debilidades de las instituciones y en algunas ocasiones las embisten para alcanzar sus metas.
Algunos grupos de presión aprovechan la debilidad del Estado para alcanzar sus objetivos políticos aunque esto signifique afectar a la ciudadanía, anteponiendo sus intereses particulares por encima de los generales, revelando que el miedo al Estado represor ha sido superado por una sensación de debilidad estatal, donde el único agente al que se le confía el monopolio legítimo de la fuerza teme hacer uso de la misma, ya sea por desconocimiento de la ley y las formas o por la falta de legitimidad con los ciudadanos.
La lección a entender es sencilla: Es preponderante que se obedezca a un poder común, que no tiene que ser el Estado, ni solamente la sociedad civil o sus organizaciones, sino que puede ser representado por una figura reconocida por todos los implicados, que bien puede llamarse bienestar, progreso, desarrollo, civilidad, etc., pero que debe ser respetado tanto o más que la ley escrita, como un poder superior.
¿Qué ocurre cuando no hay un poder común, cuando los principales actores no entienden su rol social, cuando los nuevos actores pretenden mantener su poder a cualquier costo sin importar el interés general? Se vive en un ambiente de caos y anarquía.
La herramienta clave para solucionar o prever este escenario es la participación, donde deben intervenir todos los actores involucrados: gobierno y oposición, empresarios y sindicatos, ciudadanos y organizaciones, todos dentro de un único marco común, el ya mencionado poder superior.
El reconocimiento de este poder es vital para construir escenarios de bienestar, estabilidad y paz social, ya que la participación -como el internet y las redes sociales- es una herramienta que puede potenciar la capacidad colectiva del individuo al infinito. Sin embargo, participar en ausencia de un poder común, constituye simplemente un acto de distracción, que refuerza las enemistades, deslegitima a las instituciones y condena a quienes no han entendido los grandes cambios del poder en el siglo XXI.


© Ignacio Pareja Amador, publicado en diversos periódicos y medios informativos en Latinoamérica. Agosto 2014

martes, 5 de agosto de 2014

El país de los condenados

Esta es la historia de un país inventado, donde casi nada funciona correctamente. Por más esfuerzos que hagan tanto los actores del poder como la población en general no se logran alcanzar los objetivos del progreso, una promesa desgastada entre las generaciones más añejas, pero que sigue vigente entre los jóvenes de pensamiento.
Es un país donde reinan la anarquía, la corrupción y la pobreza; donde ningún grupo juega el rol que le corresponde, pues se han importado todos los modelos funcionales para el desarrollo de un Estado, sin entenderlos. Tienen gobierno, leyes, partidos políticos, empresas, sindicatos, asociaciones, etc., pero no logran nunca alinear sus objetivos.
La pluralidad de actores, en vez de enriquecer las iniciativas nacionales, tiene secuestrado al país por los intereses de grupos particulares: de individuos con poder en el gobierno y en la oposición, de líderes sociales cuya visión es limitada e individualista, de empresarios que temen a la competencia y de una sociedad civil cansada de no ver resultados positivos.
En este lugar sobran las banderas sociales para comenzar un levantamiento, una manifestación, o cualquier acción de desobediencia civil en contra del gobierno, de forma que la pobreza de unos se traduce solamente en el malestar político de otros, pero nunca se atiende, haciendo evidente que la legitima defensa del desarrollo no es un elemento determinante para la transformación social, si contiene como fin funcional un elemento de presión política.
Es un país de apariencias y desentendimientos. En la ‘foto’ todo sale bien, pero en la realidad ningún actor ha comprendido lo que significa pertenecer a una nación, que no es otra cosa que formar parte de un equipo masivo para compartir un destino común. 
Los empresarios no comprenden los términos ‘productividad y competencia’ solamente entienden de ‘ganancias’ sin arriesgarse al enfrentamiento del mercado, ni pensar en el compromiso social con sus consumidores.
El gobierno es reaccionario, no previsor, espera que la agenda nacional se dicte de acuerdo a los acontecimientos que ‘tocan fondo’, con una filosofía lineal: primero lo urgente, después lo importante. No entiende la complejidad con la que se debe gobernar hoy en día, donde es necesario lidiar con todos los actores, ya que su trabajo más fundamental es asegurarse que nadie esté por encima de la ley.
La buena gobernanza involucra un equilibrio entre los actores, que solo se alcanza mediante la participación de los mismos en la construcción de los proyectos nacionales.
Los sindicatos, en vez de defender a los trabajadores y por tanto, ser aliados naturales de las masas, están coludidos por la voluntad política de algunos. Sus miembros difícilmente cuestionan las órdenes de sus dirigentes, pese a que éstas afectan directamente su dignidad humana e infringen sus derechos.
Sus líderes no entienden que la mejor manera de ganarse el apoyo popular y obtener la atención del gobierno, no es bloqueando calles, tomando plazas o destruyendo edificios públicos, sino que es necesario mostrar evidencia tangible que respalde la urgencia para la atención de sus demandas. Es exponer con datos duros y experiencias cualitativas el problema que buscan atender, así como dar a conocer su propuesta de solución, mediante canales transparentes y accesibles para la población interesada.
La sociedad civil, representada por organizaciones sin otro fin más que la transformación, actúa sin la venia del pueblo; sus legítimas causas son compartidas, pero no logran el involucramiento de las masas, ni mucho menos de los actores políticos, que solamente atienden con la lógica del voto o del beneficio económico. 
La población está fatigada. La desesperanza es un síndrome que afecta a quienes con pasión exigen un cambio y no ven traducida su energía política en ninguna transformación.
Los más radicales piden la desaparición de las instituciones del estado: una revolución, un levantamiento, ‘un borrón y cuenta nueva’, pues tienen razones para creer que la política y la institución gubernamental están fuertemente vinculados con la ‘mafia’ del poder. Una solución poco viable, impregnada de idealismo, demasiado lejana para una realidad compleja, interdependiente y global.
En nuestro país inventado no son tomadas en cuenta las ideas nuevas, no hay acuerdos, ni asociaciones estratégicas. Los jóvenes políticos solamente maduran las ideas de los malos gobernantes, retroalimentando al sistema con el mismo veneno que lo condenó a vivir dentro de un círculo vicioso: la intención personal, antepuesta al interés general.
No habrá final feliz en esta historia hasta que la enemistad entre los principales actores del poder sea superada. El no entender que un país, una nación o un Estado son un equipo que comparte un destino común, representa un error fatal, porque ninguna población puede desarrollarse en el conflicto.
Más allá de las fronteras hay otros que por voluntad u obligación, sí están jugando como equipo, sí reconocen un interés general, sí son congruentes con su rol como actores nacionales, situación que les genera una oportunidad indiscutible para aprovecharse de aquellos que viven en el país del caos, el estancamiento y el enfrentamiento constante.


© Ignacio Pareja Amador, publicado en diversos periódicos y medios informativos en Latinoamérica. Agosto 2014

martes, 29 de julio de 2014

El primer libro impreso de la historia

Todos en algún momento necesitamos de un receso de la actualidad; requerimos de tomarnos un tiempo para reflexionar sobre otros temas que pueden ser sumamente útiles y que es imprescindible conocer, al final de cuentas, la cultura en una población no se mide por la capacidad de retención de los eventos contemporáneos de una sociedad, sino por el grado conciencia con la que ésta interactúa con el mundo.
La globalización y los distintos medios de comunicación pueden ser útiles herramientas para  informarnos de lo que ocurre en nuestros Estados o más allá de las fronteras, pero también pueden ser enemigos íntimos de la tranquilidad. Como dice el Maestro José Mac Gregor “No sé cuándo, ni cómo llegó la globalización; lo que sé es que se necesita una brújula, que es la educación y una ancla, que es la identidad, para sobrellevarla”.
Cuando hace poco más 559 años Johannes Gutenberg presentó el primer libro impreso en el hemisferio occidental, la famosa Biblia de Gutenberg,  en la mediana ciudad de Mainz en Alemania, no se imaginó el poder para propagar las ideas de su invención, pues aunque sus métodos eran rudimentarios, la impresión de un bloque de 100 libros podía realizarse en tan sólo 6 meses, un tiempo menor al que le tomaba a un grupo de personas escribir una sola copia impresa a mano, que requería de 3 años de arduo trabajo.
Aquel primer libro impreso de la historia se escribió en latín, la lengua de los académicos y letrados de aquellos tiempos, en un momento en el que el conocimiento era una virtud exclusiva de las elites privilegiadas. El hecho de que se eligiera la biblia como el primer libro no es una casualidad, pues el objetivo de Gutenberg era meramente comercial; no tuvo la intención de generar nuevos nichos de mercado, sino de aprovechar a los consumidores existentes, vendiéndoles un producto de necesidad básica para la demandante clase alta cristiana.
Se estima que Gutenberg imprimió 180 copias de la biblia, de las cuales solamente sobreviven hasta el día de hoy 48 ejemplares que se encuentran distribuidos en 14 países alrededor del mundo, perteneciendo la mayoría de ellos a instituciones educativas de renombre como la librería del Congreso en Washington, la Biblioteca de la Universidad de Manchester, la biblioteca del Vaticano, entre otras.
De acuerdo con los especialistas de la Universidad de Manchester, con quienes tuvimos la oportunidad de dialogar en la Universidad de Melbourne, este primer documento impreso, pese a tener como trasfondo una intención mercantil, representa el inicio de una revolución para las ideas, donde resurgieron importantes conceptos como la democracia, la libertad de expresión, entre otros valores que se consideran parte del breviario cultural de Occidente.
El periodo que comprende los siglos XV y XVI fue testigo de importantes transformaciones para la civilización occidental. Fue una época donde coincidieron en tiempo importantes pensadores como Leonardo Da Vinci, Maquiavelo, Nostradamus, Descartes,  Galileo Galilei, entre otros. Fue el periodo donde España y Portugal consolidaron su imperio naval como consecuencia de sus incursiones en el continente americano, fue un momento de renovación para la humanidad entera, donde incluso la iglesia cristiana tuvo importantes rompimientos con Inglaterra (anglicanos) y Alemania (Luteranos).
La invención de la prensa generó importantísimos cambios sociales como por ejemplo en materia de comunicación intergeneracional, pues permitió la preservación y la democratización del conocimiento. De igual manera impulsó a que más personas aprendieran a leer y escribir al existir material bibliográfico para explorar.
Fue también una significativa herramienta de propaganda para las ideas, que ha sido aprovechada por las grandes instituciones de la historia como la iglesia, que pudo expandirse más allá del continente europeo.
Entre otras aportaciones podemos ubicar que este trascendental invento permitió que se produjeran mejores contenidos literarios, pues impulsó la corrección de libros, a través de las nuevas ediciones, además de empoderar a los autores y vincularlos con sus ideas, mediante la evidencia impresa de sus pensamientos.
Para quienes pretendemos ser testigos de la historia, aquello que parece inofensivo, representó el artefacto más eficaz para propagar el conocimiento y las ideas. Quienes conocen su valor saben que en ningún otro momento han habido tantas oportunidades para el saber, pero reconocen que el mundo está poblado por superfluos insignificantes que roban la atención de la humanidad entera.
Esta colaboración no es más que una invitación para tomar en nuestras manos aquel artefacto que impulsó al infinito las ideas del ser humano, democratizando el conocimiento, haciéndolo accesible para todos. Seamos curiosos, autodidactas, críticos y apasionados con nuestras posturas, pero hagámoslo desde la sólida base del brebaje cultural universal, desde las letras de los grandes personajes de la historia y las mentes más brillantes de la humanidad.

© Ignacio Pareja Amador, publicado en diversos periódicos y medios informativos en Latinoamérica. Julio 2014



martes, 22 de julio de 2014

Ucrania y los actores del poder

Ya lo habíamos comentado en este espacio de opinión: Ucrania se encuentre entre intenciones, argumentos y sospechas. Es un país cuyos líderes simplemente eran espectadores de la política expansionista rusa, que estaba cerca de consolidar la anexión de Crimea, mediante dos estrategias distintas: apoyando la desestabilización del Este ucraniano, y a través de un acercamiento constante con EE UU y los países europeos.
El lamentable suceso del vuelo MH17 en territorio ocupado por los rebeldes pro-rusos ha atraído nuevamente la atención de la comunidad internacional, involucrando a nuevos actores que buscan que se esclarezcan los hechos. Asimismo, este penoso evento ha cambiado la situación y por tanto la posición para los principales implicados en la pacificación de Ucrania, donde el mayor desafío se ha trasladado de Kiev a Moscú.
Los principales países afectados por la tragedia; Holanda, Australia y Malasia han mostrado sus profundas intenciones de aclarar el siniestro de forma contundente, una petición que ha pasado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el cual brindó de forma unánime su apoyo para que se realicen las inspecciones pertinentes en la zona y se esclarezcan los hechos, que hasta el momento apuntan a que el avión comercial de Malasian Airlines fue derribado con armamento de origen ruso, operado desde territorio ocupado por los rebeldes separatistas.
Esta sospecha cambia rotundamente la postura de la Unión Europea, quien había preferido anteponer los negocios con Rusia debido el frio invierno que se avecina en aquel continente, por encima de la defensa de los derechos y valores occidentales. También cambia la perspectiva del gobierno ucraniano, que ahora puede aprovechar el apoyo internacional a la causa para buscar la anhelada pacificación del país y frenar las intenciones expansionistas rusas.
Los dos actores de mayor peso son por supuesto Rusia y EE UU. Por un lado, el gobierno ruso había logrado hacerse de Crimea sin tener un enfrentamiento directo con Washington. Incluso, como se comentó en este reflector mundial, existía un cierto distanciamiento entre Putin y los rebeldes pro-rusos, ya que estos últimos estaban perdiendo territorios importantes ante el abandono de Moscú.
Por otro lado, EE UU había mantenido un canal de comunicación directo con Rusia, con el fin de evitar el contagio de la inestabilidad ucraniana a otras esferas de influencia rusa en la región.
Ante el aumento evidente de tensión que se percibe como consecuencia de este terrible acontecimiento, diversas voces aluden a que Ucrania puede significar la antesala de una nueva etapa de Guerra Fría.  Sin embargo, James Jay Carafano de la conservadora Fundación Heritage sostiene que hay cinco razones por las cuales no se puede hablar una segunda Guerra Fría.
La primera razón es que Rusia no cuenta con las características para ser considerado un actor global de importancia bélica, como sí lo era la URSS, mientras que EE UU sí ha mantenido una política de empoderamiento militar para salvaguardar sus intereses más allá de sus fronteras.
En segundo lugar, Rusia no tiene el potencial de ser un competidor global, esto es, sus alianzas solamente tienen cierta influencia entre algunos países de medio oriente y son tibias en América Latina, sin embargo, Rusia puede constituir un componente importante para alguna iniciativa colectiva contra Occidente y EE UU.
Como tercer punto, no se puede hablar de un conflicto ideológico entre los países Occidentales y Rusia. Putin no es comunista, pues ha establecido fuertes alianzas con el sector privado ruso, que puede considerarse una elite corrupta, pero que no comparte valores socialistas.
En cuarto lugar es evidente que hoy vivimos en un mundo multipolar, de tal manera que Rusia y sus intenciones en Ucrania constituyen solamente una de las muchas amenazas con las que tiene que liderar EE UU, dentro de las cuales están las disputas territoriales de China, el Programa nuclear en Irán y Corea del Norte, el fortalecimiento de grupos radicales islámicos alrededor del mundo, entre otros.
Por último, podemos apreciar la diferencia en cuanto al peso económico de ambos países. Por un lado EE UU cuenta con un Producto Interno Bruto (PIB) de 16.7 billones de dólares, situándose como la economía más grande del mundo, mientras que Rusia posee un PIB de 2.5 billones de dólares, lo que lo posiciona como el séptimo país más rico (CIA). Sin embargo, ambos Estados libran una batalla interna de gran calado por obtener recursos para la milicia, pues su crecimiento económico en los últimos cinco años ha sido considerablemente bajo (2009-2013): 1.24% para EE.UU. y 1.14% para Rusia (FMI).
Las variables del capítulo Ucrania en la política expansionista rusa han cambiado de forma impresionante, la situación abre las puertas a nuevos escenarios para la pacificación de la zona, en caso de que exista plena cooperación entre las partes, o puede ser la antesala de un conflicto regional que profundice en sus efectos nocivos para los ucranianos. El enunciado continúa abierto.

Fuentes de información: FMI y CIA The World Factbook

© Ignacio Pareja Amador, publicado en diversos periódicos y medios informativos en Latinoamérica. Julio 2014


martes, 15 de julio de 2014

Empoderar a la mujer

Empoderar a la mujer es uno de los grandes objetivos de las sociedades que transitan hacia el desarrollo. Distintos gobiernos en América Latina han tratado de brindarle mejores oportunidades de progreso a la mujer mediante la implementación de políticas específicas, que aseguren su participación en el área educativa mediante becas y otras facilidades, en el área económica a través de incentivos a las empresas que contratan personal femenino y en el área política por medio de las conocidas cuotas de género, que aseguran un porcentaje de representación femenina en los parlamentos locales y nacionales.
El empoderamiento es un tema cuya importancia rebasa las fronteras nacionales, pues es una meta que se encuentra contenida en el tercer Objetivo de Desarrollo del Milenio (ODM), el cual insta a los Estados firmantes de la declaración del Milenio a trabajar en favor de la promoción de la equidad de género y el empoderamiento de la mujer. La ONU percibe también este objetivo como un prerrequisito para erradicar la pobreza y el hambre en el mundo.
Durante la pasada conmemoración del Día Internacional de la Mujer (8 de marzo) Ban ki-Moon, Secretario General esta organización, sostuvo en su discurso que “los países con mayores niveles de equidad de género tienen mayores niveles de crecimiento económico”, una situación que también puede beneficiar a las empresas que contratan personal femenino o a los parlamentos o legislaturas que cuentan con una importante representación de mujeres en sus escaños.
La economista franco-americana Esther Duflo, catedrática del Instituto Tecnológico de Massachusetts, argumenta que el empoderamiento de la mujer puede acelerar el desarrollo de un país, subrayando que debe entenderse que la relación entre el empoderamiento y el desarrollo es un tema bidireccional.
Por un lado, el desarrollo disminuye las inequidades de género, al originar mejores las condiciones de vida para la población en general, mientras que por otro lado, la discriminación contra la mujer representa un gran obstáculo para el desarrollo, ya que hace evidente la existencia de un grupo vulnerable que se encuentra rezagado de la política social.  
Esta premisa bidireccional puede ser sinónimo de confusión para los tomadores de decisión en nuestros países, porque hace innegable la necesidad de “decidir” a qué política social se le debe dar más peso: a aquella que beneficia a la población en general o a aquella que se centra solo en las mujeres.
Una respuesta rápida nos diría que existen recursos para ambas políticas, e incluso es lo que se hace normalmente en los países en desarrollo como los latinoamericanos. Sin embargo, el no tomar en cuenta los efectos que tienen ambas acciones puede tener como consecuencia el gasto excesivo del recurso estatal (que es sumamente limitado), sin que ello implique que se logre empoderar a la mujer o mejorar las condiciones de vida de la población en general.
En este sentido, para poder priorizar a qué política se le debe prestar mayor atención es necesario conocer el rol tradicional de la mujer en nuestras sociedades, así como las facultades tiene la política pública para generar algún cambio en favor de las mujeres.
Por ejemplo, en sociedades altamente machistas, donde los niños son más valorados por las familias que las niñas, una efectiva política de intervención es la implementación del acceso gratuito a la salud, ya que está comprobado que, en este tipo de sociedades, los gastos en medicamentos o consultas médicas de las menores son cuantitativamente inferiores a lo que los padres desembolsan en la salud de sus hijos varones, de manera que en este caso, la política de seguridad social beneficia mayoritariamente a la mujer.
Otra política general que tiene un efecto más positivo para las mujeres es la construcción de infraestructura para servicios básicos, como el acceso a agua potable dentro de la vivienda, ya que en los países en desarrollo, la recolección del agua es una tarea que realizan mayoritariamente las mujeres, de forma que, el facilitar este servicio a las familias, ahorra a las mujeres tiempo valioso que puede ser utilizado en la realización de alguna actividad para su profesionalización o desarrollo personal.
El fomento a la diversificación económica, la atracción de inversión productiva y la apertura de empleos calificados son iniciativas que también pueden beneficiar mayormente a las mujeres, ya que en AL las mujeres cuentan con niveles de instrucción superior similares al de los hombres, lo que las convierte en candidatas potenciales para acceder al mercado laboral con mayor facilidad.
Independientemente de lo anterior, es importante que entendamos que el empoderamiento de la mujer es un proceso, en el cual la población femenina alcanza un completo control de sus decisiones en todos los ámbitos de su vida. Será imposible llegar al final de dicho proceso solo con políticas especiales o generales, mientras que los prejuicios y estructuras tradicionales de dominación masculina permanezcan como constantes en nuestras sociedades.  

© Ignacio Pareja Amador, publicado en diversos periódicos y medios informativos en Latinoamérica. Julio 2014


lunes, 7 de julio de 2014

Política expansionista rusa: Apartado Ucrania

El gran riesgo de efectuar una acción sin calcular los insumos necesarios para completarla resulta la mayoría de las veces en un resultado negativo, en un desperdicio de energía y lo más delicado en la desilusión de quienes sienten simpatías hacia el proyecto.
En política ninguna acción desemboca en consecuencias evidentes, por lo que quienes pretenden dirigir a un grupo en particular deben cuestionar todas las variables de su ecuación, a sabiendas que en el lenguaje político ninguna frase tiene el significado que aparenta, lo cual hace tan peligroso como un misil a un enunciado inconcluso que puede ser completado por el mensaje que le convenga a quien posee verdaderamente el poder.
Hace aproximadamente cuatro meses los lideres pro rusos del Este de Ucrania interpretaron de forma errónea el mensaje que envió el presidente Vladimir Putin, al apoyar la anexión de la Península de Crimea (21 de marzo) al territorio de la Federación Rusa, con el argumento de que la mayoría de la población de aquel territorio compartía lazos históricos con el país más grande del mundo.
El mecanismo utilizado para legitimar dicha acción fue un referéndum en el que se demostró que la mayoría de la población tenía la voluntad de formar la República de Crimea, que sería parte de la gran Federación Rusa, que en ese momento había ocupado la península bajo el argumento de brindar protección a los habitantes del “tirano gobierno ucraniano”.
La respuesta internacional ante la anexión fue titubeante. Los países occidentales liderados por EE UU emitieron diversas sanciones económicas en contra de los empresarios más allegados a Putin, quien respondió con más sanciones hacia algunos personajes cercanos al círculo más poderoso de Washington.
El escenario no era menor, pues se hablaba del máximo nivel de tensión entre Rusia y Occidente desde el fin de la Guerra Fría. Sin embargo, ni siquiera en el máximo foro internacional, la Asamblea General de la ONU, se pudo condenar de forma contundente la anexión rusa, pues apenas 100 países apoyaron la resolución GA/11493, la cual le brinda plena soberanía a Ucrania sobre el territorio de la península de Crimea, instando a todos los Estados a no reconocer la adhesión.
Pese a lo anterior, Rusia nunca se ha parado de la mesa de negociaciones, incluso los encargados de la política exterior de los dos actores principales (Rusia y EE UU) han mantenido un canal de comunicación directo, lo cual es sumamente racional, pues a ninguna de las partes le conviene que las tensiones se amplíen aún más, pues existen contratos multimillonarios para llevar gas a Europa que son capaces de sobrevivir a una tensión “mayor” a lo que representó Crimea.
El gran estratega en esta serie de acontecimientos ha sido el presidente Vladimir Putin, quien ha sabido jugar sus cartas, al  contribuir a la generación de un escenario de tensión en el Este Ucraniano, pues con el solo hecho de movilizar a algunos efectivos militares hacia la frontera con Ucrania, ha logrado ganarse la simpatía de grupos pro-rusos que quieren formar parte de la gran Federación. Estos grupos han tratado de repetir el mecanismo que legitimó la anexión de Crimea, pues han celebrado diversos referéndums en sus zonas de influencia, pero no han encontrado el apoyo de Moscú en sus intenciones.
La inestabilidad política en Ucrania le permite a Rusia ganar más tiempo para legitimar su poder en el este europeo. Una Ucrania en caos no es un contrapeso para Moscú, pues carece de energía para defender ante instancias internacionales la agresión rusa, sobre todo porque este último ni siquiera lo considera como un actor relevante en las negociaciones de paz.
Sin embargo, el gobierno ucraniano no es el único actor que está perdiendo en esta ecuación, pues los grupos separatistas pro-rusos de la autoproclamada República Popular de Donestk perciben cómo Moscú entibia sus declaraciones y por tanto su apoyo a esta causa, que pierde sentido sin el respaldo militar, económico y moral del gigante eslavo, mientras que poco a poco, la milicia ucraniana les arrebata puntos de control estratégicos para sus objetivos.
El apartado Ucrania en el proyecto de expansión y re-posicionamiento de Putin sigue abierto, de manera que este país vive aún entre intenciones, amenazas y sospechas. Sin embargo, los tiempos favorecen a un cambio de actitud de la Federación Rusa, que apoyará toda iniciativa en favor de quienes conservan un lazo intangible con la gran nación eslava, sin que ello signifique alguna intervención militar directa, pues tienen la oportunidad de ser los grandes pacificadores de la zona, aunque en el fondo hayan sido ellos quienes irrumpieron, en un primer momento, la tranquilidad en el territorio ucraniano.


© Ignacio Pareja Amador, publicado en diversos periódicos y medios informativos en Latinoamérica. Julio 2014.