jueves, 8 de mayo de 2014

Creer en el Estado

Los últimos resultados de la organización Trasparencia Internacional (2011) nos brindan un argumento sólido hacia lo que muchos ya sabíamos: La mayoría de  países latinoamericanos no han tenido avances importantes en el combate a la corrupción y por tanto cuentan con poca credibilidad por parte de sus ciudadanos.
Solamente dos países de América Latina escapan a este examen reprobatorio respecto a la percepción negativa que tienen los gobernados de sus administraciones y son Chile que se ubicó en el lugar no. 22 con una calificación de 7.2 y Uruguay que tuvo una calificación de 7.0 y se ubicó en el lugar no. 25.
En términos generales el panorama que nos muestra este indicador para la región no es alentador, pues los demás países latinoamericanos se encuentran lejos de lugares aceptables, sobresaliendo de la lista Brasil (lugar No. 73), Colombia, Perú y El Salvador (lugar No. 80), mientras México y Argentina comparten el lugar no. 100 con países como Indonesia, Burkina Faso y Tanzania por mencionar algunos.
En este sentido podríamos cuestionarnos ¿cómo afecta el hecho de que la ciudadanía no crea en el gobierno? y ¿qué implicaciones puede tener dicha incredulidad en el equilibrio del Estado?
En primer lugar hay que establecer que tener una sociedad inconforme con la veracidad de las acciones gubernamentales disminuye la gobernabilidad, entendida como la capacidad del Estado para mantener el equilibrio en un territorio determinado. Otra variable es el aumento en las tensiones de los grupos de presión, quienes pueden utilizar el recurso de la manifestación masiva con el objetivo de deslegitimar al gobierno, ya sea para cumplir con una demanda social o para conminar la formulación de acuerdos políticos que beneficien a un grupo particular de individuos.
En esta dicotomía entre el “ser” y “el deber ser” también hay consecuencias a niveles económicos, donde las sociedad desconfía del uso correcto que el gobierno hace de los recursos públicos, lo cual se puede manifestar en la oposición al cumplimiento de sus compromisos fiscales o a ceder sus impuestos a organizaciones civiles, que bien pueden perseguir fines caritativos o en su defecto seguir objetivos meramente políticos.  
Además, un Estado con poca credibilidad suele reflejar esta condición mediante el uso de información para simular situaciones de bienestar, con lo cual engaña tanto a la comunidad internacional como a sus propicios ciudadanos, creando una falsa condición de bienestar que genera desequilibrios en el mercado, el cual se guía más por las expectativas y por la imagen de estabilidad que por un examen consensado de la situación real; una de las tantas causas que derivan en las crisis económicas.  
El objetivo del Estado en términos sencillos es propiciar escenarios de bienestar y desarrollo para los ciudadanos. Como centro del poder público, la sociedad debe impulsar el cambio de actitud de los gobiernos para evitar la desinformación y combatir la corrupción.
En este tenor, el problema no es la corrupción en sí misma, entendida como una condición que ya se ha hecho habitual y que por tanto parece una conducta natural de quienes habitamos en los países en desarrollo, sino que el origen de la corrupción y la falta de transparencia se sitúa en las raíces de la democracia latinoamericana.
Y no es que los latinoamericanos estemos en contra la democracia o no reconozcamos la importancia de la transparencia y la rendición de cuentas, sino que no la conocemos a plenitud, y por tanto no la utilizamos para acrecentar nuestra participación en la vida pública, que es una de las vías para resolver el problema de la corrupción.
Indistintamente creemos que el ejercicio de nuestros derechos electorales es suficiente para incidir en las acciones del Estado, sin embargo nuestra participación debe ir más allá, pues como dice el Mtro. Gustavo Alcocer, aparentemente en el voto se gasta la toda la energía política de la ciudadanía.
Y como la mejor crítica es la propuesta y no la descalificación, desde este reflector mundial creemos que desde la sociedad podemos emprender las acciones que se necesitan para hacer más transparentes a nuestros gobiernos. El problema de fondo es meramente cultural, la corrupción ha sido una constante que ha marcado los episodios históricos más trascendentales de nuestros gobiernos, los cuales son vistos como plataformas de ascenso social o trampolines para cumplir fines privados particulares.
Desde este espacio invitamos a la ciudadanía a que se acerque a sus gobiernos, sea o no en periodos electorales, a que se tome el tiempo por preguntarles cómo manejan las finanzas públicas, cuáles son los lineamientos que toma en cuenta para el contrato de su personal o para licitar una obra pública, qué preparación profesional tienen sus funcionarios, cuáles son sus prioridades en materia de política pública, etc.
El Estado está obligado a ser imparcial en el manejo de la información que le brinda a la ciudadanía, pues hay que recordar que al fungir como un administrador de los recursos públicos, tiene una vigencia temporal, no es una empresa, no tiene un dueño particular, sino que es una organización que debe trabajar siempre en beneficio de los ciudadanos.


© Ignacio Pareja Amador, publicado en diversos periódicos y medios informativos en Latinoamérica. Marzo 2012

La Rusia de Putin

El regreso de Vladimir Vladimirovich Putin a la presidencia de la Federación Rusa era una predicción que la mayoría de estudiosos de las relaciones internacionales teníamos. Incluso cuando Putin dejo la presidencia en manos de Dmitriy Anatolyevich Medvedev en 2008 decíamos que era una simulación, que dejaba encargado el puesto de Jefe de Estado a Dmitriy para continuar dominándolo desde su posición como Primer Ministro.
El domingo pasado Vladimir Putin cumplió las predicciones ganando la presidencia de Rusia por tercera ocasión. Lo hizo alcanzando el 62.28% de los votos, con lo cual se evitó una segunda vuelta. Aquello aconteció según las fuentes oficiales en un ambiente de “paz y concordia”, pese a que los reportes de distintas ONG’s extranjeras aseguran anomalías en la elección: Acarreo de votantes (el llamado efecto carrusel), amenazas y extorciones del partido gobernante, entre otras prácticas que bien conocemos en los países latinoamericanos.
De acuerdo con el Índice de Percepción de la Corrupción que efectúa la organización Transparencia Internacional, en 2011 Rusia se situó en el lugar 143 en el mundo, con una calificación de 2.4, compartiendo el puesto con Uganda, Togo, Nigeria y Mauritania; estados retirados de la condición de riqueza de la nación eslava, y más alejados aún de países como Nueva Zelanda, Dinamarca, Finlandia, Suecia, Singapur y Noruega cuyas calificaciones estuvieron por encima de 9.0.
Este es justamente el escenario donde acontecieron las elecciones rusas. Aún así, usted estimado lector podrá preguntarse con toda razón ¿cuál es la relevancia del regreso institucionalizado de Putin a la cabeza de Rusia? Arguyendo sobre todo que aquel asunto puede verse como un tema meramente local de una nación lejana. Sin embargo, la Federación Rusa es una nación con cualidades únicas que la hacen por sí misma un actor imprescindible en el mundo.
Estamos hablando del país más grande del planeta, con dimensiones tales que cabrían en su área territorial dos veces el inmenso Brasil, o 6.1 veces Argentina o casi 9 veces México, los tres países más grandes de nuestra región.
Aquella nación nórdica tiene un PIB de 2.373 billones de dólares, lo cual lo sitúa como la sexta economía más grande del mundo, creciendo a un ritmo de 4.3%. Es el segundo mayor productor y exportador de petróleo y el mayor productor de gas natural (CIA 2010). Adicionalmente cuenta con el segundo mayor arsenal nuclear y una de las industrias armamentistas más poderosas del planeta.  
Posee una población de 138 millones de habitantes que disponen de un PIB per capita de $16,700 dólares, cuya edad en promedio es de 38.7 años, la cual decrece en 0.48% anualmente. Podemos decir que tiene una población con cualidades de país desarrollado que vive en un país que podría considerarse en vías de desarrollo.
Cualquiera pensaría que una nación tan rica en recursos tendría mejores estadísticas sociodemográficas, sin embargo, debemos tomar en cuenta el contexto histórico de esta población, la cual vivió hasta hace poco más de 2 décadas en una de las dos superpotencias que han existido en el globo y que al sucumbir experimentó un decremento económico permanente, hasta la restauración del orden implementado por Putin a finales de los noventa.
Actualmente, gracias a nuevos lineamientos legislativos, en Rusia se ha expandido el periodo presidencial de cuatro a seis años, lo que posibilitaría a que Putin mantuviera el poder hasta 2024, pudiendo acumular dos décadas en la presidencia de forma “democrática e institucional”.
En este tenor, ¿Qué país debe preocuparse por el regreso de Putin al poder? Quizá la respuesta más cercana a lo congruente sería EE.UU., que deberá convencer al líder eslavo para actuar en pro de sus intereses en tensiones y conflictos particulares como Siria e Irán. Pues hay que recordar que Rusia se ha negado al uso del capítulo VII de la Carta de Naciones Unidas, sobre todo en aquellos artículos donde se habla del uso legitimo de la fuerza para salvaguardar la paz y seguridad internacionales.
Además seguramente los escenarios de tensión política se verán rebasados por aquellos de índole económica, donde Putin puede ejercer influencia ante la inestabilidad financiera de los países europeos y ante el apoyo que tiene de parte de sus aliados emergentes (BRICS) quienes manejan una agenda acorde a sus intereses y son el contrapeso más importante que tienen los industrializados.
¿Qué podemos esperar de la institucionalización del poder de Putin como cabeza del Estado ruso? Seguramente veremos una Rusia menos gris, más dura en sus declaraciones, más participativa y activa en su política exterior, con mayor personalidad para ejercer su poder en todos los escenarios posibles de la arena internacional. Será una Rusia de simulación respecto a los valores occidentales, con una praxis más cercana a lo que fue la etapa de los zares o del dominio del partido comunista, elementos que reflejan la histórica acumulación del poder en un solo actor.


© Ignacio Pareja Amador, publicado en diversos periódicos y medios informativos en Latinoamérica. Marzo 2012. 

Cuestión de enfoques

En otro de los grandes debates acontecidos en el seno de la academia entre futuros administradores públicos, comentamos sobre a la importancia de que México presida el G20 y vaya a ser la sede de esta reunión informal en junio de 2012.
La discusión se centró en la pregunta: ¿Qué es más importante, el hecho de que la reunión sea en México y que presida el G20 o los temas de la agenda de la reunión?
Aunque pareciera que ambos elementos van de la mano, éstos tienen raíces distintas. Pese a que cubren un evento particular, cada una tiene que ver con cuestiones ampliamente diversas incluso en el contexto en el que operan.
En primer lugar, el hecho de que México sea sede y presida el G20 es un éxito en materia de cabildeo y negociación por parte de quienes llevan las riendas de la política exterior mexicana, equipo que seguramente buscó esta posición desde antes de la reunión de Seúl en noviembre de 2010, pensando en que el país azteca buscaría posicionarse como sede del grupo en el encuentro de Cannes un año después.
Tener la sede de la reunión es un hecho que aprovechará el gobierno de México para mejorar su imagen a nivel internacional, orientándola hacia el peso específico de su economía y la estabilidad de sus variables macroeconómicas, con lo cual se desviarán los reflectores de la situación de inseguridad y pobreza que se viven en el país.
Sin embargo, podemos ampliar el argumento y de la manera más objetiva observar el tiempo en el que se hará la reunión en Los Cabos (junio), el cual acontecerá en el momento cúspide del periodo electoral en México, una coincidencia o una causalidad que será tópico de colaboraciones posteriores.
En segundo lugar se encuentran los temas de la agenda, donde la nación azteca buscará poner más fuerza en la discusión de tópicos que van más allá del problema financiero internacional, como lo son la sustentabilidad, el empleo, el crecimiento, las energías alternativas, la agroindustria, entre otros.
En este tenor vale la pena rescatar parte del discurso de inauguración del presidente anfitrión, quien ha conminado a las naciones a voltear al capital privado, pero no sólo de los grandes magnates, sino de la población organizada.
Los países emergentes del G20 cuentan con clases medias de amplias proporciones, las cuales podrían fungir en conjunto como nuevos agentes inversores, que obtendrían ganancias en su participación en el sistema financiero, siempre y cuando sus capitales estuviesen protegidos y los mercados de destino garantizaran alguna ganancia.
Rescatamos también del discurso del ejecutivo el tema de la recuperación del crecimiento económico, una variable indispensable para que los países industrializados cuenten con los activos necesarios para hacer frente a la crisis, sin aumentar el muro financiero de contención (firewall), tema que se debatirá durante la semana en el parlamento alemán.
Estamos hablando de promover reformas estructurales, fomentar economías competitivas, aumentar el comercio internacional, redimensionar la importancia de los servicios, de las telecomunicaciones, del internet y en un escenario más ambicioso tratar de destrabar la Ronda de Doha de la Organización Mundial del Comercio.
Con un afán de conocer lo que acontecerá en los Cabos a mediados de año es correcto echar un vistazo a lo que ocurrió en la reunión de ministros de finanzas y banqueros centrales de los países miembros del G20. El tema central de la misma fue la crisis económica en la eurozona, principalmente en Grecia, España, Portugal e Italia. La problemática radica en ampliar o no el llamado “firewall”, que no es otra cosa que aumentar el fondo de rescate europeo con recursos del FMI.
Alemania, que es el motor económico de la Unión Europea, tendrá que decidir si esta media es favorable a los intereses del viejo continente o si son mejores las medidas a corto plazo, destinadas a atender los orígenes del problema como lo son la regulación de los mercados financieros, el reforzamiento de la recaudación fiscal y las políticas sensibles derivadas de la austeridad (flexibilización del mercado laboral, recortes burocráticos y sistemas de pensiones).
Más allá de los problemas de la eurozona y para que la próxima reunión del G20 sea exitosa, será realmente importante el reconocimiento de que los países somos interdependientes, deudores y acreedores formamos parte de esta comunidad mundial.
La cooperación en aras de brindar las mejores propuestas de solución marcará una pauta, que no sólo mitigará parte de los problemas, sino que hermanará a las naciones siempre y cuando se enfoque al individuo como la variable principal: Las crisis se contagian de igual forma que las políticas exitosas, por ello es necesario combatirlas con vasta perspectiva, ya que pese a que ambas son consecuencia de la decisión de una cúpula en el poder, pueden perjudicar o beneficiar a naciones enteras.


© Ignacio Pareja Amador, publicado en diversos periódicos y medios informativos en Latinoamérica. Febrero 2012

Dominio y poder en el siglo XXI

Hoy en día, en un  momento en el que existen redes de comunicación para conocer los diversos rincones del planeta y donde el fenómeno de la globalización es inevitable, podemos constatar el dominio del pensamiento Occidental en todas sus vertientes, sobre todo en el ámbito económico.
Esta “idea de vida”, que se ha nutrido del neoliberalismo económico, busca constantemente ampliar sus márgenes de dominio, lo cual no sólo le genera importantes dividendos a sus principales promotores (EE.UU. y la UE), sino que le brinda una condición atemporal, una vigencia que se vale de estrategias novedosas y conocidas para alcanzar sus intereses.
Lo que no se ha entendido en Occidente, es que la imposición siempre genera conflictos. Pese a que los choques entre las culturas son cada vez menos frecuentes, guardan en la memoria de los pueblos una cualidad de rechazo que se transmite generacionalmente y que ha impedido que las naciones vivan de una vez por todas en paz.
Para ejemplificar lo anterior, en este Reflector Mundial hemos decidido exponer dos imposiciones que guardan una cualidad similar de dominio, pues ambas tratan de una visión desde Occidente, pero cuyos medios son distintos, pues en el primero se contrasta la pasividad con la que se toca el tema, mientras que el segundo tiene una enorme carga negativa, llena de malas intensiones, algunas incluso de orden bélico o de desorden a nivel de masas.
En el primer ejemplo tenemos lo ocurrido en Australia, donde la semana pasada la Primera Ministra, Julia Gillard, fue atacada por un grupo de manifestantes, justamente en plena celebración nacional: el “Australia Day”, la fecha en la que el pueblo australiano festeja el desembarco de las primeras misiones británicas en Sídney.
El reclamo se sustenta por los siglos de dominio y racismo de los colonos europeos hacia los aborígenes, quienes han habitado la gran isla de Oceanía desde hace más de 40,000 años, teniendo en su historia alrededor de 1,600 generaciones. Una demanda bastante sensata ante una imposición que ha modificado completamente la forma de vivir de un pueblo autóctono tan longevo.
Nuestro segundo ejemplo es indudablemente Irán, aquella nación heredera de la Babilonia que inspiró a Voltaire para escribir sus mejores cuentos, apoyando con ello el renacimiento de las ciencias de Occidente, pero que hoy en día es poco comprendida por los norteamericanos y los europeos.
En este caso se puede observar una confrontación encubierta; una especie de guerra silenciosa, pero escandalosa para quienes conocen las verdaderas intensiones de los magnates del poder, quienes argumentan sobre la base de la sospecha, pero que son contundentes para adelantar los juicios y comenzar a ejecutar la sentencia, la cual niega toda legitimidad desde el momento en el que se hace, como se dice coloquialmente, -por debajo del agua-.
Porque no es una casualidad la ola de ataques que ha recibido el pueblo y el gobierno iraní producto de las sanciones económicas, el aislamiento financiero, el acoso cibernético, los atentados en contra de científicos, etc.
Para librar tal intensión de dominio, el gobierno de iraní debe aprender a sobrellevar sus relaciones internacionales con su política interior, quizás absteniéndose de hacer declaraciones sobre Israel, mientras que los occidentales deben aprender a no legitimar actos basados en la sospecha. Si Irán coopera con el Organismo Internacional de Energía Atómica es porque no tiene nada que esconder por el momento, o ¿A poco es creíble que el equilibrio de poder en Medio Oriente sea más importante que la estabilidad del Estado iraní? el discurso anti israelita de Ahmadinejad no es otra cosa que retorica populista que da legitimidad al gobierno y enfría las tenciones de la población persa.
Ya sea por tratar de llevar a un grupo de distinta cosmovisión a la moderna realidad, o por buscar que un país alié sus objetivos a los deseos del más fuerte, cediendo como ya lo hacen muchos en el mundo a los intereses de las potencias, el dominio de un pensamiento sobre otro obstruye el progreso humano, disminuye la diversidad, descompone siglos de transformaciones, supeditándolo ante un elemento que en otros tiempos y para  otras culturas no es más que un bien con valor temporal o sin valor. Porque los intereses son temporales, pero la sensación de dominio es parte de la naturaleza humana, el poder es una cualidad que sólo ha cambiado en sus manifestaciones, pero que siempre se ha mantenido presente en el actuar del ser humano.


© Ignacio Pareja Amador, publicado en diversos periódicos y medios informativos en Latinoamérica. Enero 2012

2012: La oportunidad para América Latina.

Después del remolino que eventos y momentos que acontecieron en 2011 en todo el mundo, en América Latina comienzan a madurar iniciativas que no han dejado de hacer un llamado a la integración, a la unidad, a la congruencia de nuestras naciones para encarar de mejor manera los diversos retos que como países en desarrollo enfrentamos día a día.
Es cierto que el inicio de cualquier año trae consigo un cúmulo de deseos muchas veces lejanos a la realidad, quizás más cercanos a sueños sin sustento, pues la base fundamental de toda meta debe ser la planeación y el trabajo, elementos que se vuelven tan difíciles de alcanzar y que se olvidan para dar lugar a la resolución de otras necesidades.
Ese ha sido justamente uno de los problemas más representativos de nuestra región, pues en vez de efectuar políticas efectivas a largo plazo, nuestros gobiernos suelen ser reactivos en vez de pro activos, esto es, favorecen el dominio de temas imprevistos en la agenda nacional, en vez de seguir las pautas de los distintos planes o programas de desarrollo, dejando de lado así las cuestiones de fondo, que son quizá menos taquilleras en el marco electoral, pero que sin lugar a dudas son los ejes sobre los cuales se puede fincar un modelo más congruente rumbo al desarrollo.
Entre estas políticas prioritarias que pasan al segundo plano encontramos la integración latinoamericana y no nos referimos a una unión como la acontecida en el continente europeo, sino a una que vaya más allá de la economía y la política para privilegiar áreas estratégicas para el desarrollo de nuestra región como la educación, la cultura, la ciencia y la tecnología.
La coyuntura internacional obliga a América Latina a unirse, la crisis económica que no deja de golpear a las economías europeas es una oportunidad para ejercer nuestro poder político, pues el sistema internacional es un sistema cerrado, así que donde pierden unos ganan otros. Y nos referimos al poder político y no al económico porque a pesar de la economía regional crece a ritmos superiores en comparación con los países industrializados, el monto absoluto aun es ampliamente inferior al de aquellos que tienen ahora aprietos económicos, pero cuyo nivel de vida es superior al nuestro.
Una manera de ejercer el liderazgo político es uniéndonos en los distintos foros internacionales donde se diseñan las políticas que marcaran el acontecer mundial, tales como el FMI, Naciones Unidas, la OMC, el PNUD, entre otras. Es una oportunidad para hacer vinculante y dar pronta definición a la Ronda de Doha, para conminar la apertura del sector agrícola de la Unión Europea, para abrir nuevos sectores a nuestros productos, propiciando mayor tecnificación y valor agregado a los mismos.
No pretendemos con esto aprovecharnos de la situación de la ciudadanía de los países agobiados por la crisis, sino impulsar el comercio de nuestros productos con el mismo argumento con el que los países desarrollados han implementado el libre comercio como el principal baluarte de la economía global.
En América Latina hay casi 600 millones de personas, representamos el 8.5% de la población mundial. Los países con las economía más grandes (Brasil y México) se sitúan en la octava y onceaba posición en el ranking mundial. Ambos países por ejemplo rebasan en conjunto el tamaño de la economía de Alemania, el motor de la Unión Europea. 
La potencia de nuestra región es más que clara, la coyuntura global nos brinda una oportunidad para sostener nuestro crecimiento, para la apertura de más y mejores espacios para nuestros bienes y servicios. Este es el momento que esperábamos en América Latina y no podemos darnos el lujo de dejarlo pasar.
Latinoamérica es una demarcación geográfica que va más allá de una cuestión lingüística o consuetudinaria, hablar de nuestra región es tomar en cuenta nuestra historia común, la cultura mixta que compartimos, donde las fronteras se convierten en barreras que debieran de ser invisibles y permeables entres nuestros pueblos hermanos.
Pero sabe algo estimado lector, una América Latina unida sólo es parte de la solución para hacer frente al difícil reto que tenemos los latinoamericanos. Nuestros representantes populares tienen una incidencia importantísima, pero no determinante en esta tarea. Quizá la solución más correcta al problema del subdesarrollo está en la cultura, en la promoción de una visión distinta con miras a heredar una mejor nación a nuestros hijos y nietos y no al goce inmediato y amesurado de los recursos presentes.
La cultura sólo le pertenece al pueblo, a la gente, a la ciudadanía. Esta en nosotros entonces trabajar porque nuestros deseos, propósitos y sueños se hagan realidad. Es tan simple como jugar nuestro rol como ciudadanos, empresarios, educadores o servidores públicos, es una tarea tan sencilla que la hemos confundido y complicado, siendo quizá cómplices inconscientes de la realidad de nuestra región. 


© Ignacio Pareja Amador, publicado en diversos periódicos y medios informativos en Latinoamérica. Enero 2012

La legitimidad del G20

Casi siempre tendemos a equiparar lo que sucede en las sociedades modernas con lo que ocurre con los países. Pretendemos que haya igualdad entre los desiguales, exigimos que todas las voces se escuchen, cuando es el poder en sus distintas formas el que define la estrategia, el plan o la política global que domina. Son realmente escasos los espacios donde los intereses de las naciones con menor poder se ven representados. Podríamos decir que en la arena internacional se vive una dicotomía especial, donde la –mayoría- de países del mundo tienen el peso político de una –minoría-, ya que no son quienes toman decisiones con potencial global, sino todo lo contrario, casi siempre son un puñado de países los que dirigen el rumbo del buque mundial.
El argumento que sostiene esta idea de segmentar a los países de acuerdo a su poder (milicia, economía, población) se separa de los postulados modernos de la democracia, pero aunque parezca que rompe con este dogma político, la democracia no está presente en el sistema internacional, simplemente porque no existe un gobierno mundial, un ente elegido de forma representativa por la comunidad global para poner el orden en el mundo.
En estos tiempos de crisis, un “club” de países que tendrá gran incidencia en el sistema internacional será el G-20, un bloque conformado por los principales países industrializados y las economías emergentes, quienes a mediados de año se reunirán en México para tratar diversos temas de índole global como la crisis económica europea, la restructuración de las normas del sistema financiero internacional (FMI, BM), cuestiones de empleo, etc.
La reunión reviste gran importancia para el diseño de lo que será el esquema de la economía mundial. Sin embargo, los retos de la misma tienen distintos niveles. Antes que todo los países asistentes (industrializados y emergentes) deberán alcanzar un acuerdo sobre las medidas a emprender para dar solución conjunta a los temas mencionados. En caso de colegiar un pacto, éste deberá tener la suficiente legitimidad para ser aceptado por la colectividad mundial, ambas tareas son subsecuentes y no representan necesariamente el éxito para resolver los problemas globales. Para los latinoamericanos esta reunión significará de manera adicional una oportunidad para comprobar la legitimidad que tienen México, Brasil y Argentina como representantes de la región, cuyo deber será indiscutiblemente velar por el interés de las naciones latinoamericanas.


© Ignacio Pareja Amador, publicado en diversos periódicos y medios informativos en Latinoamérica. Enero 2012

Irán: Entre la intensión y la verdad

En últimas fechas la noticia de nuevas sanciones hacia Irán ha dado la vuelta al mundo, sólo que esta vez toca un tema por demás importante tanto para las partes impulsoras como para la nación persa, ya que a principios de esta semana los cancilleres de la Unión Europea se reunieron en Bruselas para prohibir la importación de petróleo iraní, en señal de represaría por la intención del presidente Mahmoud Ahmadinejad de seguir en marcha con su polémico programa nuclear.
Desde 2006 el país persa ha sido sancionado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, como testimonio están las resoluciones: 1696 (Julio de 2006), 1737 (Diciembre de 2006), 1747 (Marzo de 2007), 1803 (Marzo de 2008), la 1835 (Septiembre de 2008) y la 1929 (Junio de 2010), las cuales tuvieron como fin conminar una mayor transparencia en el programa nuclear o en su defecto la derogación total del mismo.
A pesar de estas sanciones, donde Rusia y China han cedido ante la inminente estrategia de estrangulamiento hacia Irán, impulsada desde Occidente, el gobierno de Teherán, encabezado por el ayatolá Jameneí no ha dado las muestras que Occidente demanda en aras de ampliar su cooperación con el Organismo Internacional de Energía Atómica.
Los intereses detrás del programa nuclear iraní son bastos: Está presente el derecho de todos los Estados para producir energía nuclear con fines pacíficos, Irán forma parte del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) el cual permite a todos sus miembros el uso y desarrollo de energía nuclear bajo supervisión internacional. Otro elemento es el nacionalismo que impera en la decisión iraní de ejercer su derecho como miembro del Tratado. Está la libertad de toda nación para ejercer las estrategias de desarrollo que más le convenga. Están los argumentos a favor de producir energía más limpia, en un país cuyas principales actividades económicas (extracción de petróleo y operaciones de refinería) contaminan sus ciudades y el Golfo Pérsico.
Pero también está presente la sospecha de crear un arma nuclear, ante la inminente capacidad de las plantas de enriquecimiento de uranio iraní. Está la tentación de equilibrar el poder en Medio Oriente, donde sólo Israel posee armamento nuclear. Se manifiestan de igual manera, los deseos de Occidente de cambiar el régimen que ha gobernado Irán desde hace más de dos décadas, y se vislumbra una cortina de humo que puede sumarse a las variables que reaparecerán como consecuencia del periodo electoral que se vive en EE.UU.
Y están las teorías conspirativas, donde prevalece aquella idea de que la guerra es el negocio más redituable que se ha visto en la historia humana, en caso de ser el vencedor por supuesto, y no hay duda que el petróleo es el mejor pretexto para confrontar a un país sin pruebas tangibles, donde “la democracia a la Occidental” deja de ser un anhelo para convertirse en una imposición  de cosmovisiones. 
Por la complejidad del tema, los países involucrados viven un ambiente de tensión constante, donde prevalece la amenaza de un ataque oficial, de un ataque indirecto (terrorismo) desde cualquiera de las partes implicadas.  
Juegan un papel primordial las organizaciones internacionales, las embajadas, la diplomacia, los servicios de inteligencia, los jefes de estado, y en última instancia la población, quienes sufren en mayor medida las consecuencias de eventos que no tienen que ver con sus acciones, sino con la decisión que depositaron en las urnas, ya sea por voluntad o por fuerza.  
Hay también una frialdad particular en las relaciones entre EE.UU. e Irán, la cual se refleja incluso en el hecho de que ambos países no tienen embajadas, por lo que no podríamos hablar de relaciones diplomáticas directas entre los mismos. Irán se apoya de la embajada de Pakistán en Washington para servir a sus intereses, mientras que EE.UU. hace lo propio con la embajada de Suiza en Teherán.
Por último está la pregunta de la prospectiva: ¿Cuál será el próximo escenario que veremos ante la inminente problemática que han revivido los europeos con sus sanciones?
Dudamos en demasía de una intervención militar, pues Irán es un país de amplias dimensiones, el 18 más grande del mundo, con una economía importante (la 19 de mayores proporciones), es el tercer mayor exportador de petróleo del mundo, el quinto mayor productor de gas natural, sus hidrocarburos se exportan a China (16.2%), India (12.6%), Japón (9.9%) y Turquía (6.8%) principalmente.
Quizá, la única forma de cambiar la postura del gobierno iraní será desde el interior, aprovechando las próximas elecciones legislativas de marzo, ya que aunque una estrategia similar no funcionó en las presidenciales de 2009, no veíamos en aquella región un fervor popular tan importante como el impulsado por la oleada de manifestaciones en los países árabes: ¿Será que “la voluntad popular” ayudará de nueva cuenta a los Occidentales en sus objetivos en Medio Oriente? En un par de meses sabremos la respuesta.

© Ignacio Pareja Amador, publicado en diversos periódicos y medios informativos en Latinoamérica. Enero 2012